Desiree Akhavan habla, en casi todas sus películas, de la importancia de la libertad sexual. Sus personajes suelen pertenecer al colectivo LGBT+ y ella no pierde la oportunidad de apuntar contra el rechazo social que sufren. Su última cinta, basada en la novela del mismo nombre de Emily M. Danforth y protagonizada por Chloë Grace Moretz, dispara sobre la Iglesia y su terrible ideología frente a este tema.
Una muchacha es obligada por su familia a asistir a un centro de terapia católico para reorientar la sexualidad de jóvenes homosexuales. Con esta premisa, sale Akhavan a jugar.
Es remarcable el trabajo de todo el elenco. Si bien la estrella es Grace Moretz, la mayoría de los actores están muy bien: para conocer a los personajes basta con tan sólo verlos dialogar. Es angustiante mirar cómo se convierten en autómatas, adiestrados al dogma católico.
El montaje es efectivo. Genera un código rítmico que, cumpliendo su objetivo, logra que el espectador no desee despegar sus ojos de la pantalla. Cada vez que sucede algo inesperado fuera del campo visual del veedor (los personajes reaccionan frente a algo que no podemos ver), Sarah Shaw (la montajista) decide alargar la duración de planos, para que la tensión sea aún mayor: «¿Qué sucedió? ¡Ya mostrame, Sarah!»
La trama es entretenida hasta su desenlace. Los personajes resuelven su conflicto de una manera aberrantemente fácil (los obstáculos que se los impedían, sin motivo alguno, terminan por desaparecer casi por arte de magia) que desestima el propio código que había formulado su autora. Si bien no es un final que perjudique la calidad de la película, deja con ganas de más y lamentablemente, el film parece inacabado.
El uso de reiterada cámara en mano funciona como herramienta para transmitir al espectador la situación por la cual está pasando el personaje: el veedor se siente ansioso, asustado y exaltado, tal y como se encuentra la cámara. Se mueve rápido, el campo visual es acotado. Mientras menos se ve, más intriga.
La impresión final de la película es posiblemente, un: «estuvo bien, pero…». El pero, es el gran obstáculo que interfiere entre la cinta y su camino al galardón.
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